En la salsa de oro sumergidas,
merlúcidas medallas tan hermosas,
¿porqué a mi paladar sois tan sabrosas,
porqué tan felizmente recibidas?
¿Qué manos, de qué magia revestidas,
con qué artes, que estimo misteriosas,
consiguen que estas joyas delici osas
por nuestras bocas sean bendecidas?
Fue Castro el cocinero prodigioso
que tal delicia puso en el mantel.
Siguióle un arroz fino, otro más groso,
ambos los dos de gusto primoroso
acompañando a un conejo del Caurel,
suave, en su punto, sutil y sabroso.





