Mejillas de merluza, medallones
que el paladar acarician suavemente,
complacen a este grupo que, exigente,
no regala elogiosas opiniones.
Por eso, criticó sin concesiones
el revuelto, que fue el plato siguiente,
pues su escasez de huevos, bien patente,
del menú rebajó las condiciones.
Le siguieron las clásicas natillas,
con sus nevados copos adornadas,
dulces, golosas, suaves, amarillas…
Rioja tinto, taninos y vainillas,
con sus esencias nunca imaginadas
sumió la tarde en luz y maravillas.

